Especiales

Los sucesos del 11 de Noviembre de 2001

Estados Unidos ha elegido la guerra

Desde el 11-S hay una catarata de violencia

TomDispatch.com

Traducido del inglés para Rebelión por Carlos Riba García

Introducción de Tom Engelhardt

En diciembre de 2002, dando fin a su libro The Unconquerable World: Power, Nonviolence, and the Will of People, Jonathan Schell escribió que el siglo XX fue el momento en que la violencia institucional superó al sistema bélico que una vez la había albergado y se convirtió en algo “disfuncional en tanto instrumento de acción política. Cada día más, esta violencia destruye los fines para los que es empleada, ya que mata tanto a quien la usa como a está dirigida. Se ha convertido en la senda hacia el infierno en la Tierra y el final mismo de la Tierra. Esta lección se puede extraer de las batallas del Somme y de Verdun, de Auschwitz y de Bergen-Belsen, de Vorkuta y de Kolima*; más allá de toda duda, también es la lección que nos dejan Hiroshima y Nagasaki”.

Más de 10 años después, aunque escasamente tenidas en cuenta, continúan siendo las lecciones decisivas del momento que estamos viviendo. Jonathan Schell falleció el pasado marzo, pero dejó un legado de información y pensamiento –desde The Real War y The Fate of the Earth hasta The Unconquerable World– sobre cómo, según crece el poder de destrucción, la guerra traspasa sus límites tradicionales y va más allá de lo que ella significaba para nosotros (como también, potencialmente, para otros mundos por venir). En The Unconquerable World, publicado muy poco antes de que Bush invadiera Iraq, él investigó otros senderos del cambio, incluyendo el de la no violencia, y mientras lo hacía imaginó la Primavera Árabe y percibió la esencia tanto de los horrores como de las posibilidades que se nos abrían, que al mismo tiempo eran proféticas y conmovedoras. 

Hoy, en parte como homenaje a su memoria (y los recuerdos que tengo de él) y en parte porque creo que la visión de nuestro mundo que él tenía entonces era certera –y tan vigente hoy como ayer–, TomDispatch ha decidido ofrecer un fragmento de ese libro. Consideradlo como un macabro paseo por la Calle de la Memoria, un paseo al que –desde el 11-S– Washington nos ha obligado a hacer, por esta calle que… ahora lo sabemos con certeza –y Schell lo anunció– es la calle que lleva al infierno

¿Es este el camino que lleva a otro 1914?

[Lo que leeréis a continuación se aproxima un poco a una adaptación de un pasaje (pp. 324 a 333) del libro de Jonathan Schell The Unconquerable World: Power, Nonviolence, and the Will of People y se presenta aquí gracias a la amable autorización de la editorial Metropolitan Books.]

Entonces llegó el ataque del 11 de septiembre de 2001. Al igual que el pistoletazo que da inicio a una carrera que nadie sabe quiénes correrán, este acontecimiento dio origen a un conjunto de países lanzados en una dirección única: hacia las trincheras. A pesar de que el ataque no fue reivindicado por nadie y en relación a él no se explicitó objetivo político alguno, casi inmediatamente todas las evidencias apuntaban hacia al-Qaeda, la red islamista extremista y terrorista que, aunque sin una sede identificable, tenía su cuartel general en Afganistán y gozaba de la protección de su fundamentalista gobierno islámico. En un vídeo que pronto se difundió por todo el mundo, se pudo ver al jefe de la organización, Osama Bin Laden, y a sus cómplices en Afganistán reunidos en una comida para celebrar la carnicería.

Históricamente, los países han respondido a las amenazas terroristas con una combinación de acción policial y negociación política; la acción militar solo tenía un papel menor. En Estados Unidos se alzaron voces que llamaban a un esfuerzo de cooperación global para combatir contra al-Qaeda. En cambio, el presidente Bush optó por una política que, entre los países del mundo, solo Estados Unidos era imaginable que podía emprender: una acción militar global no solo contra al-Qaeda sino también contra cualquier país que apoyara el terrorismo internacional.

El presidente anunció en el Congreso que él “no haría distinción alguna entre los terroristas que cometieran atentados y los países que les albergaran”. Mediante el recurso de llamar “guerra” a esta campaña, la administración Bush puso en acción –técnicamente, la revolucionó– la gigantesca máquina militar, que desde el final de la Guerra Fría llevaba una década sin un enemigo claro. Entonces, identificando el blanco con el indeterminado nombre de “terrorismo” en lugar de al-Qaeda o cualquier otro grupo o conjunto de grupos, la administración Bush autorizó operaciones militares en cualquier lugar del planeta.

En los meses siguientes, hubo una expansión continua de los objetivos y los medios involucrados en las operaciones. Se estableció el derrocamiento de gobiernos –“cambio de régimen”– como el medio idóneo para avanzar en la nueva política. El presidente dividió los regímenes en dos categorías: los que estaban “con nosotros” y los que estaban “contra nosotros”. El vicepresidente Cheney estimó que al-Qaeda accionaba en 60 países. El primer régimen que se puso en la mira fue, por supuesto, el que daba albergue a al-Qaeda, el gobierno de Afganistán, que fue derribado en una operación militar notablemente rápida conducida casi enteramente desde el aire y sin bajas estadounidenses.

Después, el gobierno creó un nuevo objetivo en la guerra: la prevención de la proliferación de armas de destrucción masiva. En su discurso sobre el Estado de la Nación de enero de 2002, el presidente anunció que “Estados Unidos no permitirá que los regímenes más peligrosos del mundo nos amenacen con las armas más destructivas del planeta”. Continuó para nombrar lo que él llamó “el eje del mal”: Iraq, Irán y Corea del Norte, los tres regímenes que trataban de producir, o ya las poseían, armas de destrucción masiva. Para parar esto, declaró, la doctrina de la disuasión –propia de la Guerra Fría– ya no era suficiente; se necesitaba la acción militar “preventiva”. Y la prevención, el gobierno lo dejó bien claro muy pronto, podía implicar el uso de armas nucleares.

Cuando empezaba el verano de 2002, el gobierno intensificó la preparación de una guerra destinada a derribar al régimen iraquí de Saddam Hussein; en el otoño, el presidente pidió –y consiguió– una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que exigía a Iraq la aceptación del regreso de los inspectores de la ONU que buscaban ramas de destrucción masiva o instalaciones para su fabricación. Y en la prensa empezaron a aparecer listas de otros candidatos al “cambio de régimen”.

La acción cooperativa es ignorada

De este modo, la guerra contra el terror creció para abarcar la cuestión geopolítica más importante que enfrentaba el mundo: la disposición de armas nucleares en la segunda era nuclear. La administración Clinton ya había respondido a esta cuestión en lo que concernía a la posesión de armas nucleares por parte de Estados Unidos: aun contando con la ausencia de la Unión Soviética, EEUU nunca iba a renunciar a su arsenal nuclear.

En 2002, la administración Bush dio una respuesta al asunto de la no proliferación, que durante la era nuclear había sido llevado exclusivamente por la diplomacia y las negociaciones o, en ocasiones, por las sanciones económicas. La nueva respuesta era el uso de la fuerza. El desarme nuclear se conseguiría por medio de la guerra o la amenaza de guerra; se comenzaría por Iraq. Un complemento de la nueva política, adoptado bastante después del 11-S, fue la decisión de construir un sistema de defensa nacional antimisiles que protegería a Estados Unidos del ataque de los “países criminales”. Pero el aspecto fundamental era la guerra preventiva, o “ataque disuasorio”.

Este sesgo tan importante en la política nuclear implicaba también la puesta en marcha de programas de fabricación de nuevas armas nucleares y de nuevos vectores para estas armas, así como la definición de nuevas misiones para las armas nucleares –respuesta a ataques con armas químicas o bacteriológicas, o la destrucción de refugios a prueba de explosivos convencionales– en un mundo post-Guerra Fría, como también la confección de una lista de siete países –Rusia, China, Corea del Norte, Iraq, Iran, Libia y Siria– que debían considerarse en eventuales planes de ataques nucleares. Para alcanzar estos objetivos, que incluían armamento tanto nuclear como convencional, el presidente pidió un incremento del gasto militar del orden de 48.000 millones de dólares, una suma mayor que el total de presupuesto militar de cualquier otro país.

El repentino giro hacia el uso de la fuerza en la política estadounidense se acompañó del rechazo de los tratados y cualquier otra forma de cooperación. Incluso antes del 11-S, la tendencia había sido clara. Pero se aceleró a partir de entonces. La administración Bush también se negó a ratificar o se retiró de la mayor cantidad de los principales tratados internacionales posteriores al final de la Guerra Fría. Solo en lo referente a la cuestión nuclear, se negó a enviar al Senado la ratificación del Tratado de Prohibición Total de Ensayos Nucleares (CTBT, por sus siglas en inglés), que habría agregado la prohibición de ensayos subterráneos a las ya existentes prohibiciones de pruebas en el aire; se retiró del tratado de limitación de misiles antibalísticos (ABMT, por sus siglas en inglés), que había limitado seriamente el despliegue de sistemas de defensa contra ingenios nucleares, tanto rusos como estadounidenses; y echó por la borda las negociaciones START, el marco de reducción de armas nucleares, iniciadas con Rusia para reemplazarlas con un Acuerdo de Reducción de Armas Estratégicas, un documento de tres páginas que obligaba a ambas partes a retirar las dos terceras partes de las ojivas nucleares de sus vehículos de lanzamiento, aunque no para destruirlas sino para guardarlas en depósitos.

Además, la administración Bush se retiró del Protocolo de Kyoto de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, que se había convertido en el principal foro mundial para la elaboración de decisiones sobre la emisión de gases que provocan el calentamiento global; rechazó la ratificación del Tratado de Roma, que creaba un Tribunal Penal Internacional; y evitó acordar un importante protocolo para la inspección y el cumplimiento de una convención de Naciones Unidas sobre la prohibición de armas biológicas.

Las consecuencias de este drástico cambio de rumbo en la política estadounidense se notaron en todo el mundo, donde encontró entusiastas imitadores. El 12 de diciembre [de 2001], el parlamento indio fue atacado por terroristas que India vinculó con Pakistán. Inmediatamente, India –poseedora de armamento nuclear–, mencionando la doctrina estadounidense de no solo atacar a los terrorista sino también al país que les diera albergue, puso medio millón de soldados en la frontera de Pakistán –poseedora de armamento nuclear–, que respondió de la misma forma. Estos movimientos de tropas dieron lugar a la primera crisis nuclear en gran escala del siglo XXI.

En esta parte de Asia, la carrera nuclear no produjo los efectos preventivos esperados por los teóricos de la disuasión. Los funcionarios del gobierno amenazaron abiertamente con ala aniquilación de Pakistán. Rajnath Singh, ministro del estado de Uttar Pradesh, declaró que “si Pakistán no cambia su conducta, no quedarán ni rastros de Pakistán”, y cuando al jefe del ejército indio, general Padmanabhan, se le preguntó cómo respondería India si era atacada con armas nucleares, él respondió que quienes “perpetren semejante atrocidad serán castigados tan duramente que dudo que a partir de entonces sigan vivos”. En Pakistán, el dictador, el general Pervez Musharrat, dijo que en el caso de una invasión de tipo convencional de su país por parte de India, “es posible, como último recurso, el uso de la bomba atómica”. En marzo de 2002. Israel, citando el mismo precedente sentado por Estados Unidos y pidiendo por tanto la ayuda estadounidense para su política, dijo que estaba dispuesto a responder a los ataques suicidas de los palestinos lanzando su propia “guerra contra el terrorismo”; un ataque en gran escala contra la Autoridad Palestina en Cisjordania.

Ese cambio drástico de la política de EEUU fue precipitado por los acontecimientos del 11-S, pero su ampliación fue mucho más allá de la guerra contra el terror. Continuó para proporcionar a la política una expresión doctrinaria totalizadora, que se puso en negro sobre blanco en un documento oficial titulado Estrategia de la seguridad nacional de Estados Unidos, publicado en septiembre de 2002. Este documento argumentaba que solo había un sistema económico que seguía siendo “viable”: el representado por Estados Unidos y su democracia liberal y la libre empresa. Estados Unidos, por lo tanto, iba a promover y defender este sistema mediante el empleo unilateral de la fuerza, incluso preventivamente, si era necesario. Estados Unidos, expresó el presidente “tiene, y está decidido a mantener, un poder militar capaz de responder a cualquier desafío, de modo de convertir en algo sin sentido las desestabilizadoras carreras armamentísticas del pasado y de limitar la rivalidad entre naciones al ámbito del comercio y otros objetivos pacíficos”.

En otras palabras, Estados Unidos se reservaba la totalidad de la esfera de lo militar, dejando al resto de las naciones unos objetivos más modestos. Tal como lo expresaba la Estrategia de la seguridad nacional, “nuestras fuerzas armadas serán lo suficientemente poderosas como para disuadir a cualquier potencial adversario de ilusionarse con la posibilidad de sobrepasar o igualar el poderío militar de Estados Unidos”. Si a EEUU no le agradaba un gobierno, se reservaba el derecho de derrocarlo, para llevar a cabo un “cambio de régimen”. “En el mundo en el que hoy vivimos”, dijo el presidente Bush, “el único camino hacia la seguridad es el de la acción. Y este país actuará.”

Unas cataratas

Una política de incuestionable dominación planetaria, acompañada del derecho unilateral de derribar por la fuerza a cualquier otro gobierno, es una política imperial y cesarista. Marca una opción decisiva por la fuerza y la coerción en lugar de la cooperación y el consenso como piezas fundamentales de la respuesta de Estados Unidos a los desórdenes de la época. Si las guerras de autodeterminación y de otros tipos de revueltas locales o regionales se multiplican y escapan a todo control; si los más ricos y poderosos se aprovechan de la globalización para sistematizar y exacerbar la explotación de los más pobres y humillados; si los más pobres y humillados reaccionan con acciones terroristas y otras formas de violencia; si las potencias nucleares insisten en mantener sus arsenales y amenazan con usar sus armas de destrucción masiva; si en respuesta a esa amenaza otros países desarrollan sus propios arsenales nucleares o biológicos o químicos y amenazan a su vez con usarlos; si esas armas un día caen en las manos de los terroristas; y si Estados Unidos continúa en su política imperial, el escenario está preparado para la catástrofe.

Cada una de estas posibilidades representa el camino de la menor resistencia. Los conflictos locales y regionales han sido la norma desde el comienzo de la Historia. La difusión de la tecnología de las armas nucleares, biológicas y químicas es algo propio del progreso de la ciencia y la técnica, y la proliferación de los arsenales nucleares es un proceso de acción y reacción que se alimenta a sí mismo. La continuación de la posesión de armas nucleares por parte de aquellos que ya las tienen es el camino que marca la inercia, el sueño profundo. Para Estados Unidos, la tentación imperial es el camino de la arrogancia y la ignorancia.

En la intersección de esas tendencias se encuentran unas cataratas más altas y más violentas que las que un desconsolado Henry James pudo ver en 1914. Por supuesto, es imposible predecir cómo y dónde la Historia podría volver a ponernos ante el precipicio. Podría ser una guerra nuclear en el sur de Asia que llevara a la muerte a decenas de millones de seres humanos. Podría ser la destrucción total de alguna de las ciudades estadounidenses como resultado de un ataque nuclear por una organización terrorista, o la muerte de millones de personas contagiadas de viruela. Podría ser una guerra en Oriente Medio que escapara a todo control y propiciara el empleo de armas de destrucción masiva. Podría ser en Corea, o entre Estados Unidos y China por Taiwán. Incluso podría ser –por mucho que cueste imaginarlo hoy– una guerra intencional o casi casual entre Rusia y Estados Unidos en una futura crisis que no podemos imaginar y no podríamos resolver. O podría ser –siempre es posible que suceda– cierta concatenación de acontecimientos que en estos momentos no podemos imaginar.

Después del 11-S, muy acertadamente, todo el mundo decía que todo había cambiado para siempre. Antes de esa fecha, ¿quién podría haber predicho los vertiginosos cambios en las políticas de Estaos Unidos y del mundo, la espiral de crisis regionales, el panorama de guerras interminables? Sin mencionar que solo una bomba nuclear podría multiplicar por mil los daños que dejó el 11-S.

¿Podría acaso una crisis económica hundirnos en una depresión total? ¿Podría acaso la población del mundo abandonar las ciudades amenazadas? ¿Podría acaso alguien saber quién fue el atacante? ¿Podría acaso haber alguien que quisiera vengar una acción en una escala todavía mayor? ¿Podría acaso un shock sobrecogedor hacer regresar la sensatez al mundo? En ese momento de pánico y horror sin parangón, ¿podría acaso el mundo reaccionar más sabia y constructivamente de lo que ha sido capaz en tiempos de paz, con relativa calma, o caería presa de un impredecible ciclo de miedo, confusión, odio, hostilidad y violencia, tanto entre las naciones como dentro de ellas, como lo hizo en 1914, pero esta vez, con toda probabilidad, mucho más rápidamente y con incomparablemente más funestas consecuencias? Ante estas preguntas, la capacidad de predicción se debilita. Pero, en todo caso, cualquier intento de hacer profecías es la respuesta equivocada.

¿Otro 1914?

Desde el 11de septiembre de 2001, la escalada de violencia en todo el mundo ha sido tan rápida que este día ya parece el 1 de agosto de 1914 del siglo XXI. Las semejanzas son sorprendentes. En 2001, como en 2014, un periodo de liberalización política, globalización económica y paz –al menos en las zonas privilegiadas del planeta– terminó de pronto en un violento estallido. Hoy, como entonces, la decisión fundamental es tomar el camino que lleve a la salvación; sin embargo, el mundo parece haber elegido el camino de la fuerza.

Una vez más, los observadores han sido compelidos –como lo fue Henry James en 1914– a reconocer que el pasado inmediato había sido un tiempo ilusorio, un tiempo en el que, aunque no lo sabía o prefería no saberlo, el mundo iba directamente hacia un abismo. Otra vez, un impredecible encadenamiento de sucesos violentos había sido puesto en movimiento; algunos, incluso, dicen que estamos en los prolegómenos de la “tercera guerra mundial”.

Sin embargo, la historia no se repite y la analogía entre 1914 y 2001, como cada vez que se mide el presente con la vara del pasado, solo es útil para el cuestionamiento de los acontecimientos, no para predecirlos. Además, hay importantes diferencias entre ambos momentos, algunos de ellos bastante obvios y otros no tanto. En 1914, los preparativos de las grandes potencias para la guerra se habían completado. Las armas estaban cargadas, los soldados se contaban por millones, los planes de guerra eran detallados, los programas de movilización estaban a punto y las alianzas firmadas y confirmadas. Antes incluso de que se disparara el primer tiro, la totalidad de la guerra que se avecinaba estaba esperando en los archivadores de las cancillerías de toda Europa; solo hacía falta el incidente adecuado que oficiara de chispa propiciatoria. Cuando ese incidente llegó y los ejércitos fueron lanzados para que cruzaran las fronteras, ningún poder en la Tierra –ni siquiera los gobiernos involucrados– podía hacerlos retroceder hasta que la guerra transitara la totalidad de su sangriento recorrido.

El momento que nosotros vivimos, por el contrario, es de de una excepcional impredecibilidad y fluidez. Ningún cronograma ni red de alianzas entre grandes potencias amenaza con llevarnos a todos hacia un nuevo despeñadero. Lo inesperado –nuevas crisis, bruscos desarrollos, súbitas oportunidades– es el orden del día. La potencia de las fuerzas que atacaron en el 11-S no está clara, y da la impresión de que podría desvanecerse en una reacción a los acontecimientos. La administración Bush anunció una serie de guerras que podrían concretarse en verdaderas batallas pero de momento solo son puntos de decisión en cada paso a lo largo de un camino.

Lo que suceda sobre el terreno puede modificar rápidamente los pareceres en nuestro país. La proliferación de armas de destrucción masiva tanto puede inhibir una guerra como provocarla. Las elecciones pueden llevar a otras personas a las esferas del poder. Otros países, con la incertidumbre de adónde y cómo poner el peso de su influencia, miran y esperan. Las consecuencias de una sucesión de guerras, si eso ocurriera, sobre la integración económica mundial son desconocidas, y una enorme incertidumbre ensombrece el panorama económico.

Con todo lo impactante que fue el 11-S, no ha sido una catástrofe definitiva sino más bien una advertencia. De hecho, no se tomó ninguna decisión irreparable. El abanico de opciones posible sigue siendo muy amplio, y un nuevo ciclo de violencia todavía puede quebrarse o invertirse; pueden adoptarse nuevas políticas. En una visión estrecha, el 11-S planteó las cuestiones específicas respecto del modo en que Estados Unidos y el mundo civilizado podrían lidiar con una red terrorista de ámbito mundial dispuesta a cometer cualquier crimen dentro de sus posibilidades. Este asunto requiere toda la atención y dedicación que está recibiendo.

Al mismo tiempo, sostengo que deberíamos preguntarnos cuáles pueden ser las decisiones políticas más profundas y fundamentales. Si elegimos el enfoque más amplio, los profundos cambios ocurridos en la expresión de la violencia, la política y el poder en lo que va de este siglo deben orientar nuestra atención. Tanto en 1918 como en 1945, quedó claro que una decisión coercitiva significaba en la práctica inclinarse por el antiguo sistema bélico y que una decisión a favor de la cooperación significaba la creación ex nihilo de un sistema de seguridad colectiva basado en el respeto a la ley internacional como el propugnado por Wilson. Hoy día, ninguna de estas alternativas está ante nosotros.

* Vorkuta y Kolima fueron dos de los cinco campos de concentración soviéticos más importantes. (N. del T.)

Jonathan Schell fue miembro del Instituto la Nación y la Paz y el Desarme y corresponsal de la revista The Nation , Es autor, entre otros muchos trabajos, de The Real War, The Fate of the Earth y The Unconquerable World: Nonviolence, and the Will of People, de donde se extrajeron estos pasajes. Schell falleció el 25 de marzo de 2014.

[Para quienes os interese leer más sobre Jonathan Schell, recomendamos la magnífica entrevista que Andy Kroll hizo para TomDispatch en 2012: “The Unlikely Oracle of Occupy Wall Street”, que se centra en The Unconquerable World. También podéis leer “How Did the Gates of Hell Open in Vietnam?”, su gran reportaje sobre el éxito editorial de Nick Turse Kill Anything That Moves. Y por fin, “The Widening Lens”, mi nota sobre su fallecimiento, que incluye su maravilloso relato sobre cómo llegó por primera vez a Vietnam, cuando era un joven reportero en ciernes, tomado del libro de Chris Appy Patriots: The Vietnam War Remembered From All Sides.]

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El ataque a las Torres Gemelas



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